MANIFIESTO

Usted preguntará por qué cantamos

“Si cada hora viene con su muerte,

si el tiempo es una cueva de ladrones,

los aires ya no son los buenos aires,

la vida es nada más que un blanco móvil,

usted preguntará por qué cantamos.

[…]

Si estamos lejos como un horizonte,

si allá quedaron árboles y cielo,

si cada noche es siempre alguna ausencia

y cada despertar un desencuentro

usted preguntará por qué cantamos.”

(Mario Benedetti)

Escribir en Internet es casi un ejercicio de tolerancia a la frustración. La manera en la que nos movemos por la extensa maraña de contenido que se genera a diario en la red  —lo cual, en sentido amplio, refleja también la manera en la que gestionamos la información— nos hace orbitar alrededor de la información y opiniones que confirman las ideas que ya teníamos de partida, mientras que las aproximaciones hacia las opiniones que ponen en entredicho nuestro sistema de creencias se hacen con una mezcla de rechazo y desprecio, si no directamente con intención satírica. Un texto argumentativo sólo va a ser bien recibido por aquellas personas que ya apoyaban esa idea antes de empezar a leer (por lo que la argumentación supone una pérdida de tiempo), mientras que aquellos con ideas opuestas lo tirarán a la basura sin más miramientos (por lo que, de nuevo, la argumentación supone una total pérdida de tiempo). Escribir en Internet es oscilar entre predicar al coro y predicar en el desierto, prácticamente sin término medio.

Por otro lado, generar contenido siempre supone un desgaste intelectual y creativo, pese a que sea algo completamente ajeno al autor, como una descripción morfológica de las hormigas kazajas. De nuevo, rara vez es el caso: si una decide arañar minutos de su ajetreada vida para intentar convencer a extraños en la red, con toda seguridad son temas que tocan muy de cerca, en los que se tiene en juego bastante más que la satisfacción de que le den la razón. Por tanto, al coste bruto de coser palabras juntas para evocar pensamientos abstractos hay que sumarle los impuestos emocionales de tener que justificarse —día a día, una y otra vez, en un bucle infinito que tiene a los dioses griegos rabiando de envidia por no habérseles ocurrido cuando pensaron el castigo de Sísifo— la propia existencia, ante una audiencia que para más inri tiene una intención poco velada de no escuchar.

No es descabellado preguntarse, entonces, por qué hacemos esto. Por qué, libre y voluntariamente, nos sometemos a este interminable día de la marmota que en cada iteración desgasta la paciencia y la cordura un poco más, hasta dejarlas en carne viva. Por qué, si es inútil. Por qué, si tanto cuesta. Por qué, pudiendo no molestarnos.

Como dice el poema que abre este manifiesto, usted preguntará por qué cantamos.

Pero este texto, como las barajas de los magos, tiene truco: el poema de Benedetti está cortado. Se ha mostrado sólo la primera parte, para crear una idea que poder destruir luego. El poema sigue así:

“Cantamos porque el río está sonando

y cuando suena el río, suena el río.

Cantamos porque el cruel no tiene nombre

y, en cambio, tiene nombre su destino.

Cantamos por el niño y porque todo,

y porque algún futuro, y porque el pueblo,

cantamos porque nuestros muertos

y los sobrevivientes quieren que cantemos.”

No escribimos por no saber que no vamos a convencer a quien no quiere ser convencido. Cualquier persona que haya pasado más de diez minutos en una discusión fútil se puede percatar de eso. Si acaso, escribimos pese a saberlo, porque lo sabemos. Casi como si Sísifo supiera que en el centro de la roca se encuentra la llave que lo liberara, y sólo la fricción constante de subirla y bajarla por la colina consiguiera liberarla, la mentalidad cambia por completo y las fuerzas se renuevan cuando uno se da cuenta de dónde está la verdadera diana:

No escribimos para el que tenemos delante, escribimos para los que vienen detrás.

Escribimos y discutimos por el mismo motivo por el que cada Navidad te metes a rebatir a nuestro tío el racista: no por él, porque pienses que a sus 55 años vaya a abrir los ojos y abrazar la multiculturalidad, sino por tu primo pequeño que se sienta a su lado en la mesa; para que, aunque sólo lo veas cada 6 meses y siempre prefiera jugar a la Nintendo que oírte hablar, sepa que lo que dicen los adultos no está escrito en piedra, y que levantar la voz por lo que crees justo no sólo es aceptable, sino que es necesario.

Escribimos y discutimos por el mismo motivo por el que te giras a insultar al que te grita guarradas en la calle: no por él, porque creas que tu ‘¡gilipollas!’ vaya a mandarle en un profundo viaje de reflexión que le haga ver lo errado de su conducta, sino por la chavala que va un par de pasos por detrás; para que, aunque probablemente ni te haya visto la cara y no os volváis a cruzar jamás, sepa que esto que para ella empieza a ser una rutina no es ni razonable ni normal, y que apretar el paso con la cabeza gacha no es la única respuesta que nos queda.

Escribimos y discutimos por el mismo motivo por el que en la ESO empezabas la discusión sobre los derechos LGBT con el facha de clase: no por él, porque creas que en plena edad del pavo va a tomar en serio lo que le diga la empollona canija y menuda de gafas, sino por el chico gay que se sienta en la última fila mirando a la mesa sin abrir la boca; para que, aunque no hayáis cruzado más de dos palabras sobre los deberes de matemáticas, sepa que alguien en este colegio de curas y crucifijos sabe que tiene pleno derecho a existir como es, y que puede confiar en que habrá quien lo defienda aunque él mismo no se atreva.

Escribir en Internet esperando convencer al adversario es una pérdida de tiempo. Pero, si algo tiene Internet, es que deja constancia escrita, y nuestras palabras en la sección de comentarios o en las respuestas de un tweet son como huellitas, como el Sandra estuvo aquí garabateado en la puerta de un baño: pequeño en el momento, visible para el que venga después por mucho tiempo más.

Por eso no escribimos para el que tenemos delante: sabemos que en esa batalla tenemos todas las de perder. Si fuera ese nuestro objetivo, habríamos hecho lo inteligente y cesado este empeño hace tiempo. No, esa no es la razón por la que cantamos. Cantamos, escribimos para hacer camino con los pies, para que el siguiente se encuentre la senda más transitada, el trabajo un poco más hecho. Para que el vigésimo quinto en llegar sepa que no ha sido el primer loco, que tiene a 24 más llenando el hueco a su lado. Pero sobre todo, sobre todo, escribimos para el que no se atreve a meterse, para el que tiene demasiado en juego como para arriesgarse, que ve llegar la amenaza desde la ventana y se pregunta si nadie más saldrá a intentar frenarla.

Escribimos para que quien más solo se siente sepa que alguien, en algún lugar, le respalda. Escribimos para que sepa que no es una batalla solitaria, que estaremos ahí, hombro con hombro y codo con codo, en cada paso del camino. Escribimos para tejer una red, para darnos la mano, porque aunque no me conozcas y yo a ti tampoco, ambos sabremos siempre dónde encontrar un aliado.

Y también escribimos, simple y llanamente, por el hecho de que podemos hacerlo. Porque defender nuestra existencia es algo que muchos de los que vinieron detrás no pudieron hacer. Y escribir sobre ello, en alto, y que todo el mundo lo vea, es también honrar su memoria.

Ese es el truco. Por eso hacemos lo que hacemos.

Y así acaba el poema:

Cantamos porque el grito no es bastante

no es bastante el llanto ni la bronca

cantamos porque creemos en la gente

y porque venceremos la derrota

[…]

Cantamos porque llueve sobre el surco

y somos militantes de la vida

y porque no podemos, ni queremos,

dejar que la canción se haga ceniza.”

 

— El equipo de Las Gafas Sáficas

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