Tenemos que hablar de Erik

(Disclaimer: Si estás buscando un artículo que haga gracia, no lo vas a encontrar. Prueba aquí. Los nombres están editados, pero las situaciones son escrupulosamente reales, al menos en todo en lo que la memoria no me falla)


 

Tienes 10 años. Tus amigas y tú estáis apretujadas en el banco del parque de al lado de casa de Blanca, comiendo pipas y esperando a que baje. Sale del portal con la Bravo de su hermana mayor en la mano, y se sienta en el centro con ella sobre las piernas para que todas la leáis. Devoráis (devoran) las páginas, y tú miras los colgantes que acabas de comprar en el chino para tu primer móvil mientras Blanca le hace un test a Jessica sobre qué tipo de cita debería tener con el chico que le gusta. No os quiere decir quién es, pero todas sabéis que es Aitor. Apenas te has fijado en él, pero tampoco sabes qué le ve, y echas de menos cuando Jessica hablaba contigo a solas en los recreos, y no con él. Han parado de hablar. Levantas la vista, y Blanca tira la revista sobre tu regazo. Te sigue mirando, como si fueras tonta. Nunca le caíste del todo bien, a ninguna de ellas en realidad, salvo quizás Jessica, que es la que te ha cogido bajo el ala. ‘¿Cuál es tu favorito?’ te pregunta. Bajas la vista al papel. Tres adolescentes te devuelven la mirada. El pie de foto te salva: ‘Jonas Brothers. Kevin (izquierda), Nick (derecha) y Joe (centro)’.

El silencio se estira. No sabes por qué, pero sabes que este momento es importante. Lo notas pesando en el estómago, impidiendo que tus pulmones se llenen. No has visto a esta gente en tu vida, y tienes que elegir a uno, lo suficientemente convencida como para que parezca que te has escuchado todos sus discos (porque son cantantes, ¿no?). Recuerdas haber oído a Marta hablar de Joe, de que intentó colgar el poster y no tenía blue-tack así que usó pegamento de barra y su madre la castigó una semana sin Messenger. Lo miras ahora: no te parece nada del otro mundo. Nick tampoco, la verdad: ¿quizás es el más guapo? Nunca te has planteado estas cosas. Kevin te parece el más feo de los tres, pero por algún motivo —quizás precisamente por eso— su mirada te intimida menos. Lo señalas, sintiéndote una víctima en las ruedas de reconocimiento de los episodios de CSI te esperan en casa cuando llegues.

Blanca pega una palmada. ‘¿En serio, tía? ¡El mío también!’. Te sonríe. Respiras hondo. Las demás empiezan a discutir entre ellas sobre por qué Nick es más guapo, y con el foco desviado, puedes volver a sacar el móvil y mirar tus colgantes en silencio. Son bonitos, la verdad. Blanca te pega un codazo. ‘Tía, tengo manta fotos de Joe. Mira, es mi fondo de pantalla.’ Te saca su móvil. ‘Te las paso por Bluetooth?’. Le sonríes, y asientes. Es la primera vez que se ofrece a pasarte algo, llevas dos días intentando que te pase una canción y siempre finge no haberte oído. Enciendes el Bluetooth. De fondo, Marta dice ‘Tias que eso gasta saldo que me lo ha dicho mi hermana.’ ‘Es mentira, gasta batería,’ dice otra.

Llegas a casa con 10 fotos de Kevin Jonas en la SD. Te tiras 3 meses con una de ellas de fondo de pantalla de tu móvil. En la foto, alguien ha dibujado corazones a su alrededor.

Al final, te acostumbras.

NO

Tienes 12 años. El chico con el que más hablas en el nuevo colegio (‘tia, te mola FIJO’) escucha Heavy Metal, y todo su Tuenti está lleno de fotos y vídeos de Iron Maiden. Tu le dices que te gusta el pop, y se ríe. No te gusta que se ría. Los buscas en Youtube, después de hacer los deberes. No te gustan nada, y no entiendes qué puede ver en ellos. Pero el siguiente video es de otro grupo que te gusta más.

One, twenty one guns

Lay down your arms

Give up the fight

One, twenty one guns…

Sigue teniendo las guitarras fuertes que le gustan a él, pero sin tantos gritos. No está mal, aunque no es tu estilo. Le pasas el link por Tuenti. ‘Esto es lo máximo que me voy a acercar,’ le escribes. Se vuelve a reír. Esta vez te da un poco más igual.

Se convierte en tu grupo favorito.

Te sabes todas las canciones. Has leído la Wikipedia del grupo como si te prepararas para un examen: sabes de dónde son, cuándo empezaron el grupo, qué apodo tenía el cantante en el instituto (Two Dollar Billie). También tienes fotos: la Bravo no habla de ellos, pero tienen páginas de fans en Tuenti, y subes una de ellas a tu perfil. Llenas con ellos tu perfil.

Billie Joe tiene unos ojos verdes muy bonitos. Sabes que María dijo eso de Jon el otro día, y que Maitane le dijo ‘tia, eso es que te gusta.’. María se sonrojó mucho, y cambió rápido de tema, y eso que María siempre es muy directa. Sigues mirando a Billie Joe, fijándote en sus ojos hasta que casi hacen desaparecer el resto de su cara, esperando que llegue un momento en el que algo cambie, como en una ilusión óptica.

Notas una presión en el pecho: ah, será eso.

Te gusta el cantante de Green Day, ahora.

MIENTES

Tienes 14 años. Tus amigas (las nuevas, las de verdad, las que te llaman por teléfono y te quieren ahí y te meten en las fotos en lugar de pedirte que las saques tú para que no salgas) están esperando en el portal a que Maitane baje. Una de ellas pone una canción en el móvil. Se oye fatal. Además, no te gusta nada: es pop, y tu no eres del tipo de chicas que escuchan pop. Tú eres de las diferentes, a ti te gusta el punk rock. La música que sale del móvil es demasiado suave.

¿Quién es?’ preguntas. ‘Justin Bieber,’ te contesta. De fondo, Justin sigue cantando. ‘¿No lo has visto? Es mazo famoso ahora. Y además es súper guapo.’ ‘No es para taaanto,’ se queja María. ‘Los de One Direction están más buenos.’

‘¿A ver?’ preguntas. Te enseñan una foto. Tiene unos ojos marrones, normales y corrientes. ‘Bah,’ dices. ‘Claro,’ se ríe Ane (sin malicia, no terminas de acostumbrarte a eso) ‘es que a ella le gustan los que se ponen eyeliner.’ Sonríes, y sacas el móvil. Sacas una foto de All Time Low.

Anda que… hija, tienes unos gustos más raros…’

Sonríes. 

Esa noche, la sensación de ser un fraude no te deja dormir.

MENTIROSA

Tienes 15. Estás colgando pósters en tu habitación. Nunca te han gustado los pósters, porque de pequeña tenías la extraña paranoia de que te observaban cuando dormías, y nunca has conseguido deshacerte del todo de esa extraña incomodidad arañándote la piel. Terapia de choque, piensas. Este verano has ido a Londres, y te has podido comprar la Kerrang!, que habla de los grupos que te gustan, y no de Justin Bieber. La parte central está llena de pósters, y pretendes usarlos todos, hasta los de los grupos de los que no eres tan-tan fan.

Colocas a Pete Wentz en la pared enfrente de la cama, y compruebas que haya quedado recto. Pete te mira, con sus ojos fijos clavados en ti. Eh, es guapo, piensas. Me lo tiraba. Recoges el blue-tack. Te sabe la boca a mentira.

¿Me lo tiraba? Piensas, mirándolo fijamente, como si el propio Pete Wentz fuera a salir del póster a darte la respuesta si mirabas lo suficiente. Pete te sigue mirando, inmóvil.

¿Me lo tiraba? Sigues pensando, horas después, mientras te pones el pijama. Hombre, a ver, a alguien me tendré que querer tirar, ¿no?.

Tres semanas después, le pides a tu mejor amigo que te dé tu primer beso. El ha tenido novia ya, pero lo dejaron después de un tiempo. Crees que sigue colado por ella, así que parece una apuesta segura. Sobre todo porque sospechas que Aitor, el otro chico con el que también te llevas, está pillado por ti. Y seguro que si se lo pidieras te diría que sí, pero luego esperaría algo más. En realidad sólo quieres un beso, nada más, para poder decir ‘Sí, mi primer beso fue a los 15, no soy una pringada que lo tuvo a los 17’.

Sólo quieres quitártelo de encima, nada más.

Pete Wentz te mira, al terminar. Sientes ganas de preguntarle si esto es todo, si esto es lo que se supone que tienes que sentir.

NO PUEDES ENGAÑARTE ETERNAMENTE

Tienes 17. En las fiestas de verano, Aitor te presenta a uno de sus amigos, que no podía quedar con su cuadrilla. Lo miras, y sientes lo mismo que cuando miras el póster de Pete Wentz durante cinco minutos seguidos. Tiene nombre de ángel, lo tomas como una señal. Resulta que coincidisteis en el examen del First, una vez. 

Habláis mucho. A veces, le da la espalda al grupo para estar contigo. Eso te hace sentir bien. También ves que de vez en cuando le baja la vista a tu escote. Eso te hace sentir mejor. Te sueltas un botón más, por qué no. Todos bebéis. Acabáis bajo un árbol discutiendo sobre existencialismo y la existencia en el tardocapitalismo.

Cuando se despide, les da un abrazo a todos. A ti te da un beso en la mejilla.

Vuelves en el metro pensando que estás enamorada.

Dos meses después, en otras fiestas, os enrolláis. Vuestros amigos os han hecho la trampa, dejándoos a solas en la cola del bar. Le dices que probablemente deberíais mandarles un whatsapp, pero en el fondo te da igual. A él también. Ninguno de los dos saca el móvil. Y pasa lo que supones que tiene que pasar.

Es tu primer beso de verdad. Es bastante triste, supones. Esperas que no se note. Tampoco te lo estás pasando muy bien, pero no tienes nada mejor que hacer. Te preguntas qué darán en la tele cuando llegues, porque tampoco tienes mucho sueño. Igual hay algún episodio repetido de CSI. Y si no, siempre te queda leer fanfiction en la cama. Mañana has quedado con Lidia y las de Inglaterra, esperas no estar muy de resaca. Y justo hace unas semanas les dijiste que en tu vida nunca pasaba nada interesante. Se van a reír mañana.

Llega mañana, y te arrepientes de existir. Te acompañó a casa, por lo menos, aunque él tampoco era muy capaz de andar en línea recta. No quieres volver a verlo en la vida. Su sudadera está en la silla de tu escritorio: se la vas a tener que devolver. No quieres volver a verle la cara. Miras a la sudadera, y te recuerda el momento en el que te quitó la capucha y te susurró al oído, casi ininteligible entre tu alcohol y el suyo, lo que podíais hacer la próxima vez que os vierais, si querías claro. Le dijiste que sí, pero no hay nada que te apetezca menos.

Llamas a tu mejor amigo y le pides que se la lleve él. ‘¿Así de mal?’ te pregunta. ‘Es que me da vergüenza,’ dices.

Llamas a Lidia y le dices que estás enferma. Te quedas esa noche en la cama, mirando el póster de Pete Wentz. Llevas mirando a Pete 3 años, y nunca se ha quejado. Puedes mirarlo todo el tiempo que quieras, analizarlo, separar con la mente los componentes de su cara hasta diseccionarlos uno a uno y ver cuál es el que pita. Y nunca, jamás, va a saber que existes.

Es más seguro así.

NO PUEDES HUIR DE ELLO

Vuelves a ver al chico con nombre de ángel. No sabes qué estabas pensando. Y aun así, es lo más cerca de que te gustara un chico de lo que has estado nunca.

¿Eso tiene que significar algo, no?

ENFRÉNTATE

Sales del armario. Primero, contigo misma. Luego, con tu mejor amigo. Su confianza te da fuerzas para contárselo al resto.

Poco a poco.

Y AHORA QUÉ

Tienes 20 años. Tu primera relación acaba de terminar. Eres lesbiana, estás segura: lo que sentiste cuando te besó no es nada que hubieras sentido antes. Todo lo anterior palidece en comparación. Te hizo sentir segura, querida. Quisiste hacerle sentir lo mismo: quizá fallaste un poco ahí. Nunca le gustaron las bromas de que te querías tirar a aquél rapero, y tú seguías haciéndolas porque te hacían mucha gracia.

Eres lesbiana, estás segura. Pero siempre has sido mucho de llevar la contraria. Te hiciste del equipo contrario al de toda tu familia, por tocar las narices. A ver si esto va a ser lo mismo. Crees que eres lesbiana, sí, pero también creíste que eras hetero, antes. No te gustan los hombres. No te gustan los hombres.

¿O si?

El póster de Pete Wentz sigue observándote. Los años han hecho que se amarillee, y que los colores no brillen tanto, pero su presencia es ya una constante en tu vida, y no tienes estómago para quitarlo. Siempre ha estado ahí, contigo, al pie del cañón.

Lo miras. Igual esta vez sí se apiada de ti, y te contesta.

AHORA QUÉ

Tienes 21. Es hace unos meses. Estáis en un banco del parque a las dos de la mañana, pelándoos de frío mientras cenáis arroz tres delicias del Wok. Salir a la calle en lugar de comer dentro ha sido idea tuya, te arrepientes un poco ahora. Nadie te lo echa en cara. Habláis de que deberíais dejar la carrera y meteros a youtubers.

‘Yo podría ser aquí una twitstar de la vida,’ dices, después de tragar. ‘Pero me borré la cuenta vieja.’ ‘¿Te la has borrado? ¿Por?’ ‘Muchos tweets de 2012, mucho cringe.’ Coges más arroz. ‘O sea, si pensáis que con magneto doy el coñazo, antes era PEOR.’

‘Es verdad, tú para ser lesbiana tienes un rollito muy raro con Magneto. ¿De qué va eso?’

Te ríes.

‘Es el amor de mi vida, sé que me trataría bien.’

‘Fregona pasillo 4,’ susurra un amigo. Os reís.

Pero sabes que esa no es la verdad. Has pensado en la verdad, muchas veces, pero sólo en fragmentos, pensamientos medio-formados que nunca has tenido el tiempo, o la energía, para desarrollar. Podrías haber dicho algo con más sentido, en vez de reírte. Pero cara a cara siempre te trabas con las palabras, nunca dices todo lo que quieres decir. Se te da mejor expresarte en diferido.

Así que una tarde decides abrirte en canal, del cuello al vientre, y desparramar las vísceras en Internet, delante de todo el mundo que lo quiera leer.


Es cómodo. Es seguro.

La catarsis nuestra de cada día.

Las mujeres en el sistema patriarcal no somos sujetos propios, sino que somos en tanto suponemos un beneficio afectivo-sexual a los hombres. Y las mujeres lesbianas nos vemos obligadas a navegar un mundo que nos define por nuestra relación con los hombres sin buscar una relación con ellos. Las aves migran al Sur porque perciben los campos magnéticos y saben cuál es la dirección: nosotras tenemos que salir del bosque buscando el Norte sin brújula y con el cielo nublado. Somos puntos fantasma en el radar. Somos incómodas, porque bajo el patriarcado nuestro valor es cero, y el capital no sabe gestionar aquello que no puede mercantilizar.

(No os hacéis ni idea lo que supone el mero hecho de tener los términos para poder articularlo. No os hacéis ni idea de lo que habría supuesto este párrafo a la niña perdida con Kevin Jonas en el móvil.)

Y, como impuesto por el privilegio de salirme del guión, como disculpa por no llegar a la meta porque a mi velero no le da el viento, hago mis pequeñas performances: cojo la presión social, la sensación de incomodidad, de alienación, la hago bolita y aplasto hasta que cabe en un tweet, y la lanzo de vuelta al mundo dirigida a alguien que nunca me va a hacer daño. Porque gracias a dios, ni Pete Wentz, ni Kevin Jonas, ni magneto van a pretender que la payasa de los tweets pase del dicho al hecho, y cobre los cheques que lleva tantos años escribiendo.

Se ha convertido en una coraza tan natural como mi segunda piel. Hago mis bromas sobre magneto de la misma manera que la declaración de la renta: para quitármelo de encima. Escribo tweet, he cumplido con mis deberes como mujer, nos vemos la semana que viene.

No sé cómo dejar de hacerlo.

Pienso en la niña que un día fui. Pienso en la niña con el poster de Pete Wentz, y me digo que es lo que tuve que hacer para sobrevivir. Pero también pienso en la niña a la que se le paraba el corazón cada vez que una chica de mi edad decía que ‘no le interesaban los chicos’, cada vez que una profesora hablaba de ‘su pareja’, cuando mi primera profesora de universidad paseaba por mi ciudad con su mujer. Pienso en ella, en lo falta de referentes que estaba, y sé que siendo una lesbiana fuera del armario soy más que una lesbiana fuera del armario. No tengo el lujo de ser simplemente yo.

Soy plenamente consciente de que, en algún lugar, una niña confusa y asustada me está mirando, buscando a su propio reflejo.

Y no sé si lo estoy haciendo bien.

Si la tuviera aquí, pantalla a pantalla, si supiera que está leyendo esto, le diría que no tiene por qué someterse a esta mierda. Que si tiene 9 años mande a la mierda la Bravo y los Jonas Brothers y se ponga de fondo de pantalla a Taylor Swift o a Hayley Kiyoko. Que si tiene 15 años y sus amigas le dicen que qué chico le gusta que diga que ninguno, alto y claro. Que si tiene 17 y le da bola a un tío sólo porque se siente bien sintiéndose deseada, nada bueno va a salir de ahí. Y que si el póster de Pete Wentz la hace sentir como una impostora, como un fraude, como un a ver si va a ser que soy bi, que lo arranque de la pared y le meta fuego. Que ni Dios ni patrón ni marido, que somos la resistencia.

Que ojalá yo teniendo esos cojonazos. Que ojalá yo predicando con el ejemplo.

Pero detrás de ML2 (Mad Lesbian, Marxist-Leninist), la superheroína que lucha por las noches contra el heteropatriarcado y contra el Capital, bajo la coraza de teoría política y principios de cemento, resistiendo ahora y siempre, estoy yo. Soy humana. Estoy cansada. Que no quiero ser referente de nadie, sólo quiero llegar a mañana sin más heridas que ayer. Que mis mecanismos de supervivencia no son los mejores. Y no quiero que los imite, que los tome como buenos. Que ojalá nunca tenga que usarlos. Quiero que me perdone, por el precedente de mierda que estoy sentando. Espero que la senda que estoy haciendo con los pies, aunque dé muchos rodeos y pase por el fango, le aparte la maleza y allane el camino.

No sé si me está leyendo. No sé si esto lo está leyendo alguien. No sé si es un lugar común para las lesbianas, o es una estrategia tan peculiar como yo y nadie va a ver mis vísceras como espejo de las suyas.

Pero, por si acaso, aquí las dejo.

Por si acaso, dejo por escrito mi sincericidio.

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