Cristina

1964. Adra, Almería.

Nacerías en una familia que te puso un nombre que no era el tuyo, en un pueblo que no asumía quién eras, en una época equivocada. No por error tuyo. Por error de ellos.

Serías puta, serías vedette, serías cantante, serías tertuliana, serías presa.

Dejarías huella en la memoria colectiva por tus salidas de tono, por tu falta de pelos en la lengua y por ser cruda, real, por ir de frente.

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Creo que todos recordamos a Cristina La Veneno así. Como un chiste, una presencia en un plató de televisión que soltaba burradas a diestro y siniestro y cuyas coletillas son parte de nuestro lenguaje habitual.

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Algunas de sus frases más legendarias incluyen: “Digoooo”, “Tú quién eres peaso puta”, “Qué currículum tiene esa tarántula”. Frases que son ya casi patrimonio de la lengua española.

Ha pasado así al imaginario colectivo español, como una de esas esperpénticas figuras de la televisión de los 90 y los 2000.

Sin embargo, parecemos olvidar los orígenes de su figura, la amarga realidad de su vida, que no era tan visible. También olvidamos como denunciaba en televisión, ante un público multitudinario, que sufrió amenazas y agresiones en su pueblo por ser “maricón”.

Olvidamos que trabajó como puta y perdió a muchas amigas por el SIDA. Olvidamos que fue una mujer trans que huyó de la incomprensión para ganarse la vida en lo único en lo que la dejaban.

Olvidamos que aún hay velos sin descorrer en torno a su muerte.

Su lenguaje y sus formas no eran las más puristas y teóricas, su imagen no era la de intelectual sosegada y sobria, su trabajo no era precisamente el de una política. Pero toda ella, con sus férreas declaraciones, era política pura. Era la imagen pública de lo que muchas veces se denuncia: que las mujeres trans acaban avocadas a la prostitución porque no se les ofrecen más salidas, que las mujeres de aquella España que se desperezaba de la censura se las veían y deseaban para ser libres.

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Cristalino como el agua.

¿Acaso las denuncias de Cristina tienen menos fuerza que las que realizaban Marsha P. Johnson y Sylvia Rivera? ¿Acaso no son sus historias paralelas?

¿Acaso Cristina clamando que la agredían por su orientación sexual no es discurso LGBT?

Ella era y es, a su manera, sin demasiadas correcciones, historia española del colectivo, historia de las mujeres trans que murieron demasiado jóvenes, ya fuese por las drogas o el SIDA, debido a su trabajo como putas. Historia de los gays y lesbianas reprimidos en sus pueblos, en sus casas, maltratados por sus propias familias.

Su vida amarga, de luces y sombras, de anécdotas estremecedoras, de la bondad hacia sus compañeras, de su agresividad, como le decía Pepe Navarro, nacida para defenderse del mundo hostil, se apagaba muy pronto hace dos años.

¿Es una imprudencia hablar de ella como símbolo del colectivo, reivindicarla como paradigma de los resquicios teóricos? ¿Dejar de lado su parte más cómica y ver también la historia humana tras su nombre? ¿Es una imprudencia clamar por su memoria?

Tal vez.

Tal vez no debamos crear altares.

Tal vez debamos quedarnos con las historias de quienes se dejaban la piel, quienes se exponían a las burlas y a los ataques para contar su verdad. Asumamos que Cristina La Veneno es parte de nuestra historia, que ella y su cruda verdad es la extensión de tantas otras verdades que no son subidas a la palestra como un espectáculo de feria.

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Como Cristina no hay ni habrá ninguna más y es su singularidad, su poderío, esa forma humana de exponer las feas tripas de la transfobia y la homofobia, lo que deben perdurar.

Ella también, con su irreverencia, con su valentía, ayudó a que esa sociedad que empezaba a abrirse al mundo también se abriera a nosotras.

Ella, que puso tantos acentos en la o de maricón, se merece, tal vez no un altar o ser simbología política, pero sí un recuerdo cariñoso, un agradecimiento.

Va por ti, Veneno.

 

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