Lo que el queerbait se llevó

(Disclaimer: X-Men: First Class es uno de los — si no el — botón Berserk de la persona que escribe esta desgracia de artículo. Intentaré mantener los aspavientos, exabruptos, y demás exaltaciones emocionales a un mínimo, pero si durante la lectura de este texto imaginas la escena de Pepe Silvia de IASP, probablemente sea una imagen mental bastante aproximada de la persona que hay detrás de este texto. Disculpas de antemano.)


Dicen que el pueblo de Islallana, en La Rioja, es el pueblo de las tres mentiras: porque ni es un pueblo, ni es isla, ni es llana. Este artículo es un poco lo mismo, porque empieza con una mentira— wow, esto seguro que resulta súper positivo para la confianza que tendréis en lo que viene después. Pero es así: no voy a hablar del queerbait. No, al menos, en el sentido en el que se entiende habitualmente, del que habló Ru en su entrada ya. Por si acaso, y para no perder a nadie, empecemos por la definición canónica:

Descubramos algo

Descubramos algo que nunca existió, bañemos a un mono con gel (chan chan chan)

El queerbait es el intento intencionado de una obra de ficción de atraer al público LGBT mediante el dog-whistling, es decir, lanzando señales codificadas y a menudo sutiles que pueden pasar por inocuas para la audiencia general, pero son detectadas de una manera diferente por la audiencia diana. Esto hace que los creadores pueden colgarse la medallita de haber ofrecido “representación” (y, por tanto, llevarse los beneficios de merchandising y audiencia de las personas que la buscan) sin que esta sea lo suficientemente obvia como para enfadar a los sectores conservadores (y, por tanto, llevarse los beneficios de merchandising y audiencia de estas personas también). 

Win-win. Buenosalvo si te gusta… ya sabes, que las cosas signifiquen algo.

Los conceptos siempre se entienden mejor con un ejemplo: Supongamos una sitcom cualquiera. Supongamos otra serie tipo Friends, una de tantas: cuadrilla de amigos, viven vidas interesantes, pasan cosas graciosas, el rollo de siempre.

En medio de un reparto lleno de personajes que cambian de pareja más que de camiseta, con las descacharrantes aventuras y desventuras que su búsqueda del amor conlleva, está Bob. Bob es un personaje secundario pero recurrente, no el eje central de la narrativa, pero sí lo suficiente como para que la audiencia sepa quién es y un cierto sector se encariñe. Quizás incluso, en un ensemble lo suficientemente grande (como el propio Friends) llega a ser un Chandler, no el eje de la trama (que serían, en este caso, Rachel y Ross) pero sí alguien relativamente asiduo y querido. No es Ted, es Marshall. Lo importante es lo siguiente: Bob no ha tenido novia en las 5 temporadas que lleva la serie. O quizás sí la ha tenido, durante un par de episodios, pero parecía más incómodo que emocionado ante la perspectiva, y la relación no duró demasiado. La chica incluso le echó en cara que casi parecía más interesado en pasar la tarde jugando a videojuegos con su compañero de piso Michael que estar con ella. Todo esto, evidentemente, en claro contraste con las aventuras para llevarse chicas a la cama del resto del ensemble. Pasa mucho tiempo con Michael, de hecho. Un poco demasiado. Y lo pasa realmente mal cuando Michael se echa novia y deja de tener tiempo para él, hasta el punto de que uno de los arcos narrativos de esa temporada es Bob intentando sabotear la relación de Michael —con cómico resultado, ya sabéis como son las sitcom.

Evidentemente, las personas que hemos sufrido heterosexualidad obligatoria nos olemos la tostada. Lo hemos vivido. Quizás incluso nos ha pasado lo mismo que a Bob, cuando la chica le invita a su piso a dormir en un intento de ligar, él se toma el pijama y se monta el sofá-cama, completamente ajeno a la segunda intención de la chavala.  Una pequeña parte de la audiencia, la que resuena más con esa experiencia, empieza a interpretar a Bob como gay y en el armario, se forman headcanons, quizás incluso hay quien crea que está enamorado de Michael, y de ahí cuesta abajo y sin frenos: salen fics en Ao3, Tumblr se monta sus movidas, el fanart, los memes, el rollo de siempre. Pero, fuera de esta pequeña subpoblación de la audiencia, nadie sospecha nada: Bob sólo es un tipo un poco rarito, demasiado friki para tener mano con las mujeres, y por eso no liga. Nada fuera de lo común, ¿no?.

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No he visto queerbait en mi vida hulio

Como en las ilusiones ópticas de perspectiva, el grueso de la audiencia ve una cosa, pero desde nuestro ángulo se ve otra.

La productora se entera. Tiene presencia en redes (quién no, en 2018), y ve que la sitcom empieza a circular en listas de obras de ficción en las que aparecen personajes LGBT, o Buzzfeed hace un artículo sobre ‘Top 10 razones por las que pensamos que Bob y Michael deberían estar juntos’, los fans dan la turra con las preguntas en la SDCC, yo que sé. Y piensan ‘ehhhh, ¿por qué no?’, al final, el capitalismo rosa hace un tiempito que está inventado, y vende. Pero claro, nadie da duros  a cuatro pesetas: también habrá parte de la audiencia (más conservadora) a la que quizás una pareja abiertamente homosexual molesta, y no están del todo seguros si las etiquetas de #progressive #woke y el aumento de audiencia de este sector compensa la pérdida de audiencia de los otros. Así que deciden hacerlo sutil: quizás Bob dice a sus amigos que tiene una cita, y después de que todos se alegren y le digan que ya se ha hecho un hombre de verdad, la serie corta  en un Gilligan cut a una imagen suya jugando a videojuegos con otro hombre. Quizás invitan a Bob a una boda, y en lugar de llevarse a un ligue como hace Michael, se lleva a un chico que conoció en la tienda de cómics.

“Ya está,” dice Tumblr. “Esa es su pareja. Es canónicamente gay. ¡Representación!”.

“Jaja,” dice el resto. “El muy rarito no sabe ligar y se tiene que llevar a un colega.”

“Todos contentos,” dicen los productores, viendo subir los datos de audiencia a diestro y siniestro.

Y ancha es Castilla.

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Castilla, siendo ancha

Volvemos a la definición: el intento intencionado de una obra de ficción de atraer al público LGBT mediante el dog-whistling. Énfasis en lo de intencionado.

Vale, pues no me refiero a eso. Pero casi.

Supongamos ahora otra serie. Película. Cómics. Whatever. Estamos en el reino de la imaginación. Un drama sobre los incomprendidos, los alienados. Sobre no encontrar un lugar en el mundo, porque el mundo tal y como está hecho no tiene un lugar para ti. Sobre sentirse solo, diferente, porque la gente te percibe así debido a algo que tienes, o que eres, que no quieres cambiar, pero parece que debes. Sobre el dilema entre encajar, o ser quién eres. Prácticamente como ser LGBT en una sociedad heteronormativa, y es probable que (aunque la intención de la narrativa no sea hacer una alegoría sobre ello) la construcción de la historia saque su inspiración de ahí, porque la vida real nos ha dado más ejemplos de luchas (Stonewall, el matrimonio igualitario, la despatologízación de la homosexualidad) de los que se te podrían ocurrir de 0, así que basarte en ello resulta cómodo. Quizás no de manera explícita, al fin y al cabo la historia tiene pretensiones de trascender esa opresión particular: quizás a través de un proxy ficticio, como ser alienígena, o tener poderes. El rollo de siempre, ya sabéis.

Y en medio de todo —musiquilla dramática— Bob y Michael se encuentran. Ya no están solos. Han encontrado a alguien que les entiende, que pasa por lo mismo, y el lugar en el mundo se convierte en una persona. Crescendo. Bob da a Michael una razón para luchar, y Michael a Bob una razón para no dejar que la lucha monopolice su vida. De dos horas de película, hora y media son conversaciones entre ellos, a solas, sobre lo bonito que es haberse encontrado, no estar solos, tener alguien con quien compartir el peso del mundo. Podría cambiarse la banda sonora por la discografía de Taylor Swift y tampoco supondría excesiva diferencia en el tono general de la película. Al fin y al cabo, la narrativa se basa de manera bastante poco velada en la experiencia LGBT, y aquí están estos dos señores mirándose intensamente a los ojos y poniendo la manita en el muslo del otro para reconfortarlo.

Y, de repente, en los últimos cinco minutos, Bob se enrolla con Lauren, con la que ha tenido dos líneas de diálogo hace como tres cuartos de hora, y Michael cruza miradas con Rachel en una escena metida con calzador antes de que se funda a negro y entren los créditos.

No hace falta que supongáis más. Acabo de describir X-Men: First Class.

Y eso que no he hablado de la escena del vestido.

Estoy bien.

Estoy bien.

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Estoy bien.

Qué coño, no estoy bien: Marvel ha pegado unos cuantos volantazos en cuanto a de qué pifostios se supone que los X-Men pretenden ser alegoría. Inicialmente eran conflictos raciales, basándose en las filosofías políticas de MLK y Malcom X (El Profesor y Magneto, respectivamente). Pero X-Men: First Class (la película) cayó en una época en la que el movimiento por los derechos civiles del que estos referentes formaron parte estaba demasiado distante a nivel generacional como para formar parte del imaginario colectivo del público diana, y el movimiento Black Lives Matter estaba aún por nacer. Y en este claroscuro, como dijo Gramsci, nacen los monstruos (1).

La década de los 60 también fue la de los disturbios de Stonewall, al fin y al cabo, y es un referente que está (estaba) más de actualidad. De hecho a mí me parece, y en esto estoy abierta a debate porque vive Dios que no voy a perder una oportunidad de dar la turra con esta película, que ciertas cuestiones éticas que se plantean se adaptan mejor a un paralelismo con lo LGBT: el passing o no passing (Magneto diciéndole a Mistique que no debe ocultar lo que es… huele un poquito a una lesbiana femme—que la sociedad considera hetero hasta que se demuestre lo contrario—diciéndole a una mujer trans que love is love, y no tiene que esconder quien es porque la probabilidad de que les peguen una paliza por la calle es la misma para ambas, right?) y el Mutant Registration Act que se desarrolla en películas posteriores tiene más sentido leído bajo la óptica queer en el contexto de la crisis del SIDA.  De nuevo, estoy abierta a debate. Debatidme, dadme pie a hablar de esta movida, os lo imploro.

Y en esta narrativa, en la que se establece una alegoría sutil como un yunque a la cabeza con lo LGBT, tenemos a los dos personajes principales (que, de nuevo, dando por válida esta alegoría, deberían ser también LGBT) yéndose de gay mutant road trip y mirándose fijamente a los ojos con expresión soñadora durante el 75% de la película. Bueno, en realidad, de toda la saga, pero en el resto de pelis hay un porcentaje de resquemor, que puedes decir “eh”, pero lo de esta es de juzgado de guardia.

Imagen relacionada

Tururúuuu tururututu tururú ru ru…. every night in my dreams I see you, I feeeeeel you….

Pero do not despair, como son muy heteros y mucho heteros, cada uno acaba con su respectivo interés romántico femenino en los últimos 5 minutos con escenas metidas con calzador porque se les acababa el tiempo y dijeron acho hay que apañarlo rápido. Esto ya no es recoger cable, es darle al botón de la aspiradora y que el cable empiece a coletear por la habitación pegando latigazos en la pierna de todos los presentes antes de enrollarse solo con un zrrrrrp.

Y lo peor de todo es que estoy segura de que no es intencionado. No, al menos, esto último: es decir, no me creo que la película no haya tirado de la opresión al colectivo queer como alegoría para la opresión de los mutantes, pero tampoco creo que haya una mente villanesca plantando semillas de homosexualidad mientras se acaricia el bigotillo para posteriormente quemar los brotes y echar sal entre el suelo con una risa maligna. Simplemente, a nadie de todo el proceso creativo —ni de la peli, ni del cómic original— se le ha ocurrido pensar que la historia que están escribiendo podría tener otro final. Cada oveja con su pareja, ¿no? Todo Harry conoce a su Sally, y pasa lo que tiene que pasar. Love, actually. Aunque haya ocurrido a lo largo de dos escenas. Porque en Hollywood 5 minutos de diálogo ya son meritorios de una relación. Los otros 115 que pasa con el otro protagonista ya… tal. Dímelo tú, Fox. Dímelo tú.

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Los de arriba son dos señores completamente heterosexuales en una relación estrictamente platónica. Los de abajo son Romeo y Julieta. Os propondría jugar a las 7 diferencias pero, francamente, con que encontréis una me conformo.

Que ancha es Castilla, pero joder, tampoco es tan ancha.

Eeea, vale. Me estoy pasando de vinagres con los creadores de la peli. He bajado el pH de este blog. Mea culpa. Tampoco es como si la historia fuera suya, para hacer lo que les viniera en gana. Estoy segura de que a nivel de guión estaban bastante atados en corto con la fidelidad a la obra original. Y en el canon original, el de los cómics, seguro que estas relaciones estarán bien desarrolladas con su lore y su movida. Pero joder. En otros aspectos se han tomado unas licencias que ni 007. Y, anda que Marvel no tiene universos alternativos en los que, yo que sé, Iron Man es una mujer y se casa con el Capitán América. ¿No les sobraba por ahí un universo, en los bolsillos de los vaqueros que han echado a la lavadora, en el que explorar esto?

¿De verdad a nadie, jamás, en la historia de la franquicia, se le ha ocurrido que representar la relación de Charles y Erik como romántica hace a la alegoría mucho más potente?

Okay.

Okay.

Correcto.

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No sé si las reaction pics de The Office cubren el rango completo de emociones que me provoca esta película.

El otro día vi un tweet con una imagen que ilustra esto muy bien: en un juicio muy mediático, en EEUU, la fotografía (tomada por una mujer) mostraba un instante de esa historia, pero lo impactante era que en una de las esquinas se veían la silueta de varios fotógrafos (hombres) apuntando con sus cámaras en la dirección diametralmente opuesta. Os lo masco, por si acaso: es un comentario sobre cómo la diversidad enriquece, porque personas diversas van a tener necesariamente visiones diversas de la misma realidad, y en lugar de 5 fotos iguales del mismo fragmento de realidad, tendremos fotos de diferentes ángulos con los que reconstruir una imagen más completa.

Supongo que esto es un poco de lo mismo. A nadie de la cadena de proceso creativo se le ha ocurrido representar la relación como romántica, simple y llanamente, porque todos los que han formado parte de esa cadena son heterosexuales. Ven un pequeño rectángulo de realidad, desde el objetivo de sus cámaras, y ese es el rectángulo que pueden representar.  Y como esta, probablemente haya cientos de historias que podrían haber sido mucho más de lo que son, pero se quedan en ese mero potencial, porque a nadie se le ha ocurrido mirar hacia allá, hacer zoom hacia atrás, rotar el ángulo. O contratar a alguien que tenga otra visión.

Y me da rabia, porque esas historias son preciosas, y no se merecen ser recortadas de esta manera.

Ugh. Vaaaaaale. A lo mejor estoy exagerando. A lo mejor es un caso aislado. Además, quizás tampoco es para tanto. Soy yo, con el gorro de papel de aluminio en la cabeza, que la NASA nos espía a través de los microondas y los reptilianos del gobierno no quieren que Charles y Erik se enrollen porque traería el colapso del sistema financiero. Al final, no es como si, no sé. No es como si Erik fuera un cínico que no cree en nada, y Charles un idealista que pretende cambiar el mundo. No es como si Erik no pretendiera luchar y cambiara de opinión en el último momento, segundos antes de que los maten. No es como si se pudiera a su lado, proclamara su lealtad, y le preguntara si puede cogerle de la mano antes de que disparen. No es como si murieran de la mano.

…. Ah, no, que esos son Grantaire y Enjolras en Les Misérables.

ME CAG—

 


(1): Es mi artículo y me pondré tan dramática como me de la gana. Hombre ya.

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3 comentarios en “Lo que el queerbait se llevó

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